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Actriz estadounidense, gran
dama del teatro y protagonista de grandes títulos clásicos de la
historia del cine. Katharine Hepburn nació en el seno de una familia
aristocrática que decía descender de un hijo bastardo del príncipe
Juan de Inglaterra. Esta alcurnia y el hecho de que sus antepasados
hubieran llegado a Estados Unidos en el Mayflower eran referencias
que los Hepburn mantenían muy frescas.
No eran nada esnobs, pero sí
algo pedantes, fundamentaban su clase en el conocimiento, y se
enorgullecían, por ejemplo, de contar entre sus amistades con
Sinclair Lewis, vecino de la casa, o de mantener un prolongado
intercambio epistolar con George Bernard Shaw. Kate era la segunda
de seis hermanos -Tom, Dick, Bob, Marion y Peggy-, criados en ese
ambiente culto y liberal en el que era común entre ellos leer en voz
alta a Ibsen o Shakespeare y opinar y discutir sobre sus obras a una
edad nada habitual.
Una infancia burguesa:
Su padre, Thomas Norval Hepburn, era un respetado cirujano
especialista en urología, y un atleta de primera categoría desde sus
tiempos de estudiante en el Randolph-Macon College de Virginia; en
1900, cuando estudiaba medicina en la Universidad Johns Hopkins,
conoció a Katharine Martha Houghton, una inquieta militante
sufragista con la que se casó tras la graduación y que después de
darle seis hijos lideró la lucha por el control de la natalidad. Si
bien esta mujer moderna e inteligente fue el modelo de su famosa
hija, ésta era tan tímida en la infancia que tuvo que ser educada en
su casa en lugar de concurrir a una escuela convencional.
La confortable paz burguesa en
que transcurrió su niñez se quebró la mañana de 1921 en que encontró
a su hermano Tom colgado en el desván. Este inexplicable suicidio
fue una tragedia familiar sin paliativos que a ella le afectó
especialmente, por lo que sus padres la enviaron una temporada a la
casa de verano que poseían en Fenwick.
A su vuelta daba la impresión
de haber madurado de golpe y, pese a sus catorce años, mostraba ya
rasgos de su legendario carácter. Ese mismo año ingresó en el
exclusivo Bryn Mawr College de Filadelfia, donde más tarde estudió
arte dramático y se convirtió en miembro permanente del grupo de
teatro universitario.
Actriz de carácter: En
junio de 1928, al día siguiente de su graduación, viajó a Baltimore
para entrevistarse con Edwin H. Knopf, director de una compañía de
teatro que ensayaba en esos momentos The Czarina; tras mucho
insistir, se hizo con un breve papel en la obra. Este debut y su
famoso temperamento le valieron, en aquellos primeros tiempos, el
mote de «la Zarina».
En octubre de ese mismo año se
casó con su amigo Ludlow Ogden Smith, con el que formó un matrimonio
de camaradas que acabó en divorcio amistoso en abril de 1933. «Fue
él quien quizá preparó el camino para la ruptura al decirme que con
mi talento podría conseguir lo que me propusiera», dijo entonces. Su
marido conocía bien el alcance de ese talento desde que Katharine le
había obligado a invertir su nombre antes de la boda (se llamó a
partir de entonces S. Ogden Ludlow) porque ella consideraba vulgar
convertirse en «la señora Smith», aunque él lo diría seguramente
tras la consagración de la actriz en Broadway con A warrior’s
husband, en 1931
Su trabajo recibió muy buenas
críticas, de las que se hizo eco David O. Selznick, entonces
responsable de producción de la RKO, quien le ofreció un contrato
que ella misma negoció hasta lograr un salario de gran estrella,
1.500 dólares semanales, cuando en el teatro ganada 100. Fue el
precio que consideró justo para mudarse a Hollywood.
En el verano de 1932 rodó su
primera película, Doble sacrificio, nada menos que junto a John
Barrymore, y desde el primer día congenió con el director, George
Cukor, que enseguida supo que había escogido a una actriz de gran
talento instintivo. Cukor la dirigiría en una decena de filmes,
entre ellos Mujercitas (1933), basada en la novela de Louise M.
Alcott, en la que por supuesto encarnó a la masculina Jo, un papel
que contribuyó a cimentar su propia androginia en una época en que
imperaban mitos de feminidad como Jean Harlow o Mae West.
El éxito de esta película y de
Gloria de un día (1933), de Lowell Sherman, que le valió su primer
Oscar, abrió una etapa de auge en su carrera que, contra todo
pronóstico, no tardó en declinar, durante la segunda mitad de la
década, de forma paralela a la decreciente repercusión comercial de
algunas sus películas. Algo que hoy resulta incomprensible, dado que
precisamente en esos años rodó títulos del calibre de Damas del
teatro (1937), de Gregory La Cava; Vivir para gozar (1938), de
George Cukor, o La fiera de mi niña (1938), de Howard Hawks, pero
que entonces obligó a la actriz a regresar a Nueva York y retomar su
labor en los escenarios. |
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Su
reaparición en Broadway supuso un nuevo auge en su carrera: su
trabajo en la comedia de Philip Barry Historias de Filadelfia
llegó a las cuatrocientas representaciones y recibió el
aplauso unánime de crítica y público. Tras su fracaso en
Hollywood (le habían colgado el mote de «veneno de la
taquilla» y se había visto rechazada en favor de Vivien Leigh
para protagonizar Lo que el viento se llevó), la actriz se
sentía tan feliz con este nuevo triunfo que el multimillonario
Howard Hughes, con quien había tenido un romance, le
regaló los derechos de The Philadelphia Story para que
únicamente ella pudiese hacer la versión cinematográfica. |
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Y la Hepburn, tras comprar su
libertad a la RKO (cancelar el contrato le costó 220.000 dólares),
volvió a la Costa Oeste para ofrecerle la adaptación al zar de la
Metro Goldwin Mayer, Louis B. Mayer, quien aceptó, aunque no se
plegó a las exigencias de la actriz de que los coprotagonistas
fueran Clark Gable y Spencer Tracy. Le proporcionaron a Cary Grant y
James Stewart y tuvo a Cukor como director, y la química conseguida
prueba que fue la elección perfecta para una película memorable.
Esta vez perdió el Oscar injustamente frente a Ginger Rogers, pero
ganó con justicia un prestigio que ya no la abandonaría. |
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Por su
autobiografía, se supo que por esa época vivió una intensa
relación clandestina con el realizador John Ford (un
hombre casado e infeliz, ferviente católico y alcohólico sin
remedio que al final de su vida confesó su arrepentimiento por
no haberla llevado al altar). |
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Este
vínculo con John Fort, se deshizo nada más conocer a su
admirado Spencer Tracy (también casado, infeliz,
católico y alcohólico). Los unió La mujer del año (1942), de
George Stevens, y desde entonces hasta Adivina quién viene
esta noche (1967), de Stanley Kramer (Tracy murió unos días
después de finalizar el rodaje) formaron una de las grandes
parejas del cine y de la vida a lo largo de nueve películas y
veinticinco años de torturados amores también clandestinos.
Esta unión profesional y sentimental nunca se pudo
consumar matrimonialmente, debido a las creencias religiosas
cátolicas de Tracy que le impedían divorciarse. |
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Durante los años cincuenta y
sesenta rebajó mucho su ritmo de trabajo, lo cual no le impidió
cosechar grandes éxitos como La reina de África (1951), que coprotagonizó con Humphrey Bogart, o la citada Adivina quién viene
esta noche (1967) y El león en invierno (1968), por los que obtuvo
sendos Oscar de forma consecutiva. En las décadas siguientes,
acusando su ya avanzada edad, redujo su presencia cinematográfica a
papeles esencialmente de apoyo, con la notable salvedad de En el
estanque dorado (1981), auténtico testamento fílmico por el que se
le concedió su cuarto Oscar, y en el que compartió cartel con otra
gloria del cine clásico estadounidense, Henry Fonda.
Hepburn se despidió del cine en
1994, ya octogenaria, para retirarse a su casa de campo, en Old
Saybrook, Connecticut, donde la acompañaban habitualmente familiares
y amigos, además de su biógrafo, Scott Berg, que la visitaba los
fines de semana y concluyó allí veinte años de entrevistas que
dieron forma a un libro, Kate remembered (2003), que, conforme a lo
pactado, publicó tras la muerte de la actriz.
Un mito humano: «Hay
mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn»,
dijo de ella Frank Capra cuando la dirigía en El estado de la Unión
(1948), uno de los títulos que reafirmó la química perfecta de la
actriz con Spencer Tracy. Aunque la inconfundible máscara
profesional de la Hepburn (la voz que oscilaba entre el tono
reposado y el sobreagudo, el elegante acento de Nueva Inglaterra, la
réplica veloz, el andar ágil y desenvuelto) establecía químicas
insospechadas.
Pese a su divismo, era de una
enorme generosidad con sus compañeros gracias a un dominio de sus
posibilidades que le permitía, sin traicionar ni un ápice su estilo,
una inmediata adaptación que hacía las delicias de sus directores.
Luego estaba su porte singular (su altura, el cuello largo, los
pómulos altos, las facciones angulosas...), un tipo de belleza que
ha perdurado en el tiempo ajeno a cánones y modas. El resto era
aplomo, seguridad en sí misma y mucho talento. En la vida real era
todo un carácter, y hasta más allá de los noventa años conservó una
energía y una lucidez que no lograron apagar los temblores que le
producía la enfermedad de Parkinson que padecía desde hacía tiempo. |
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