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  CICLO  "Katharine Hepburn"

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FILMOGRAFÍA de Katharine Hepburn
1932 1933 1933 1933 1934 1934 1935 1935
Doble sacrificio Hacia las alturas Gloria de un día Las cuatro hermanitas (Mujercitas) Mística y rebelde Sangre gitana Corazones rotos Sueños de juventud
1936 1936 1936 1937 1937 1938 1938 1940
La gran aventura de Silvia María Estuardo Una mujer se rebela Olivia Damas del teatro  La fiera de mi niña Vivir para gozar Historias de Filadelfia
1942 1942 1943 1944 1945 1946 1947 1947
La mujer del año La llama sagrada Tres días de amor y fe Estirpe de dragón Sin amor Corrientes ocultas Mar de hierba Pasión inmortal
1948 1949 1951 1952 1955 1956 1956 1957
El estado de la unión La costilla de Adán La reina de África La impetuosa Locuras de verano El farsante Faldas de acero Su otra esposa
1959 1962 1967 1968 1969 1971 1973 1975
De repente, el último verano Larga jornada hacia la noche Adivina quién viene esta noche El león en invierno La loca de Chaillot Las troyanas Un equilibrio delicado El rifle y la Biblia
1978 1981 1985 1986 1992 1994 1994 1994
Amor, fantasía y aventura En el estanque dorado La última solución de Grace Quigley Aquí durmió Laura Lansing The man upstairs Visita por Navidad Esto no es amor Un asunto de amor
 
BIOGRAFÍA de Katharine Hepburn
 
 
Nombre real Katharine Houghton Hepburn

Nacimiento 12 de mayo de 1907 - Hartford, Connecticut Bandera de los Estados Unidos Estados Unidos
Defunción 29 de junio de 2003 (96 años) Old Saybrook, Connecticut Bandera de los Estados Unidos Estados Unidos
 

Actriz estadounidense, gran dama del teatro y protagonista de grandes títulos clásicos de la historia del cine. Katharine Hepburn nació en el seno de una familia aristocrática que decía descender de un hijo bastardo del príncipe Juan de Inglaterra. Esta alcurnia y el hecho de que sus antepasados hubieran llegado a Estados Unidos en el Mayflower eran referencias que los Hepburn mantenían muy frescas.

No eran nada esnobs, pero sí algo pedantes, fundamentaban su clase en el conocimiento, y se enorgullecían, por ejemplo, de contar entre sus amistades con Sinclair Lewis, vecino de la casa, o de mantener un prolongado intercambio epistolar con George Bernard Shaw. Kate era la segunda de seis hermanos -Tom, Dick, Bob, Marion y Peggy-, criados en ese ambiente culto y liberal en el que era común entre ellos leer en voz alta a Ibsen o Shakespeare y opinar y discutir sobre sus obras a una edad nada habitual.

Una infancia burguesa: Su padre, Thomas Norval Hepburn, era un respetado cirujano especialista en urología, y un atleta de primera categoría desde sus tiempos de estudiante en el Randolph-Macon College de Virginia; en 1900, cuando estudiaba medicina en la Universidad Johns Hopkins, conoció a Katharine Martha Houghton, una inquieta militante sufragista con la que se casó tras la graduación y que después de darle seis hijos lideró la lucha por el control de la natalidad. Si bien esta mujer moderna e inteligente fue el modelo de su famosa hija, ésta era tan tímida en la infancia que tuvo que ser educada en su casa en lugar de concurrir a una escuela convencional.

La confortable paz burguesa en que transcurrió su niñez se quebró la mañana de 1921 en que encontró a su hermano Tom colgado en el desván. Este inexplicable suicidio fue una tragedia familiar sin paliativos que a ella le afectó especialmente, por lo que sus padres la enviaron una temporada a la casa de verano que poseían en Fenwick.

A su vuelta daba la impresión de haber madurado de golpe y, pese a sus catorce años, mostraba ya rasgos de su legendario carácter. Ese mismo año ingresó en el exclusivo Bryn Mawr College de Filadelfia, donde más tarde estudió arte dramático y se convirtió en miembro permanente del grupo de teatro universitario.

Actriz de carácter: En junio de 1928, al día siguiente de su graduación, viajó a Baltimore para entrevistarse con Edwin H. Knopf, director de una compañía de teatro que ensayaba en esos momentos The Czarina; tras mucho insistir, se hizo con un breve papel en la obra. Este debut y su famoso temperamento le valieron, en aquellos primeros tiempos, el mote de «la Zarina».

En octubre de ese mismo año se casó con su amigo Ludlow Ogden Smith, con el que formó un matrimonio de camaradas que acabó en divorcio amistoso en abril de 1933. «Fue él quien quizá preparó el camino para la ruptura al decirme que con mi talento podría conseguir lo que me propusiera», dijo entonces. Su marido conocía bien el alcance de ese talento desde que Katharine le había obligado a invertir su nombre antes de la boda (se llamó a partir de entonces S. Ogden Ludlow) porque ella consideraba vulgar convertirse en «la señora Smith», aunque él lo diría seguramente tras la consagración de la actriz en Broadway con A warrior’s husband, en 1931

Su trabajo recibió muy buenas críticas, de las que se hizo eco David O. Selznick, entonces responsable de producción de la RKO, quien le ofreció un contrato que ella misma negoció hasta lograr un salario de gran estrella, 1.500 dólares semanales, cuando en el teatro ganada 100. Fue el precio que consideró justo para mudarse a Hollywood.

En el verano de 1932 rodó su primera película, Doble sacrificio, nada menos que junto a John Barrymore, y desde el primer día congenió con el director, George Cukor, que enseguida supo que había escogido a una actriz de gran talento instintivo. Cukor la dirigiría en una decena de filmes, entre ellos Mujercitas (1933), basada en la novela de Louise M. Alcott, en la que por supuesto encarnó a la masculina Jo, un papel que contribuyó a cimentar su propia androginia en una época en que imperaban mitos de feminidad como Jean Harlow o Mae West.

El éxito de esta película y de Gloria de un día (1933), de Lowell Sherman, que le valió su primer Oscar, abrió una etapa de auge en su carrera que, contra todo pronóstico, no tardó en declinar, durante la segunda mitad de la década, de forma paralela a la decreciente repercusión comercial de algunas sus películas. Algo que hoy resulta incomprensible, dado que precisamente en esos años rodó títulos del calibre de Damas del teatro (1937), de Gregory La Cava; Vivir para gozar (1938), de George Cukor, o La fiera de mi niña (1938), de Howard Hawks, pero que entonces obligó a la actriz a regresar a Nueva York y retomar su labor en los escenarios.

 

Su reaparición en Broadway supuso un nuevo auge en su carrera: su trabajo en la comedia de Philip Barry Historias de Filadelfia llegó a las cuatrocientas representaciones y recibió el aplauso unánime de crítica y público. Tras su fracaso en Hollywood (le habían colgado el mote de «veneno de la taquilla» y se había visto rechazada en favor de Vivien Leigh para protagonizar Lo que el viento se llevó), la actriz se sentía tan feliz con este nuevo triunfo que el multimillonario Howard Hughes, con quien había tenido un romance, le regaló los derechos de The Philadelphia Story para que únicamente ella pudiese hacer la versión cinematográfica.

 

Y la Hepburn, tras comprar su libertad a la RKO (cancelar el contrato le costó 220.000 dólares), volvió a la Costa Oeste para ofrecerle la adaptación al zar de la Metro Goldwin Mayer, Louis B. Mayer, quien aceptó, aunque no se plegó a las exigencias de la actriz de que los coprotagonistas fueran Clark Gable y Spencer Tracy. Le proporcionaron a Cary Grant y James Stewart y tuvo a Cukor como director, y la química conseguida prueba que fue la elección perfecta para una película memorable. Esta vez perdió el Oscar injustamente frente a Ginger Rogers, pero ganó con justicia un prestigio que ya no la abandonaría.

 

Por su autobiografía, se supo que por esa época vivió una intensa relación clandestina con el realizador John Ford (un hombre casado e infeliz, ferviente católico y alcohólico sin remedio que al final de su vida confesó su arrepentimiento por no haberla llevado al altar).

Este vínculo con John Fort,  se deshizo nada más conocer a su admirado Spencer Tracy (también casado, infeliz, católico y alcohólico). Los unió La mujer del año (1942), de George Stevens, y desde entonces hasta Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer (Tracy murió unos días después de finalizar el rodaje) formaron una de las grandes parejas del cine y de la vida a lo largo de nueve películas y veinticinco años de torturados amores también clandestinos. Esta  unión profesional y sentimental nunca se pudo consumar matrimonialmente, debido a las creencias religiosas cátolicas de Tracy que le impedían divorciarse.

 

Durante los años cincuenta y sesenta rebajó mucho su ritmo de trabajo, lo cual no le impidió cosechar grandes éxitos como La reina de África (1951), que coprotagonizó con Humphrey Bogart, o la citada Adivina quién viene esta noche (1967) y El león en invierno (1968), por los que obtuvo sendos Oscar de forma consecutiva. En las décadas siguientes, acusando su ya avanzada edad, redujo su presencia cinematográfica a papeles esencialmente de apoyo, con la notable salvedad de En el estanque dorado (1981), auténtico testamento fílmico por el que se le concedió su cuarto Oscar, y en el que compartió cartel con otra gloria del cine clásico estadounidense, Henry Fonda.

Hepburn se despidió del cine en 1994, ya octogenaria, para retirarse a su casa de campo, en Old Saybrook, Connecticut, donde la acompañaban habitualmente familiares y amigos, además de su biógrafo, Scott Berg, que la visitaba los fines de semana y concluyó allí veinte años de entrevistas que dieron forma a un libro, Kate remembered (2003), que, conforme a lo pactado, publicó tras la muerte de la actriz.

Un mito humano: «Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn», dijo de ella Frank Capra cuando la dirigía en El estado de la Unión (1948), uno de los títulos que reafirmó la química perfecta de la actriz con Spencer Tracy. Aunque la inconfundible máscara profesional de la Hepburn (la voz que oscilaba entre el tono reposado y el sobreagudo, el elegante acento de Nueva Inglaterra, la réplica veloz, el andar ágil y desenvuelto) establecía químicas insospechadas.

Pese a su divismo, era de una enorme generosidad con sus compañeros gracias a un dominio de sus posibilidades que le permitía, sin traicionar ni un ápice su estilo, una inmediata adaptación que hacía las delicias de sus directores. Luego estaba su porte singular (su altura, el cuello largo, los pómulos altos, las facciones angulosas...), un tipo de belleza que ha perdurado en el tiempo ajeno a cánones y modas. El resto era aplomo, seguridad en sí misma y mucho talento. En la vida real era todo un carácter, y hasta más allá de los noventa años conservó una energía y una lucidez que no lograron apagar los temblores que le producía la enfermedad de Parkinson que padecía desde hacía tiempo.

 
 
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